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¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
Procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
la radiante, la sin par
virgen pura a quien Leonora los querubes llaman ahora ya sin nombre...!nunca mas!
..
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¿Llegaré jamás a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?”
Dijo el cuervo: “¡Nunca mas!”
¡Oh, profeta – dije-, o diablo! – Por ese ancho combo velo
de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida,
presa infausta del pesar,
si jamás en otra vida la doncella arrobadora
a mi seno he de estrechar
la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!”
Dijo el cuervo: “¡Nunca mas!”
“Esa voz,
oh, cuervo, sea
la señal de la partida
grité alzándome: -¡Retorna,
vuelve a tu hórrida guarida,
la plutónica ribera de la noche y de la bruma!...
de tu horrenda falsedad
en memoria, ni una pluma dejes, negra. ¡El Busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
Quita el pico de mi pecho. De mi umbral tu forma aleja...”
Dijo el cuervo: “¡Nunca mas!”
Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
Sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
Y sus ojos son los de un demonio que, durmiendo,
las visiones ve del mal;
y la luz sobre el cayendo, sobre el suelo arroja, trunca
su ancha sombra funeral,
y mi alma de esa sombra que en el suelo flota...!nunca
se alzará...nunca más!”